Porque somos incapaces de soportar dolor, entonces creamos el miedo.
Vivimos en una cultura donde el dolor es suprimido, negado y rechazado de manera constante, incluso nuestro paradigma moral (y por ende legal) se basa en la penalización del dolor y la aprobación e incentivo del placer (entendido en su amplio espectro).
Quien abraza el dolor no sólo es catalogado como un rebelde o contracultura, sino que, es visto como alguien que busca la destrucción, sin embargo, debemos entender que el dolor crea en su negación al miedo.
El miedo es aquella ansiedad por no experenciar un cuadro de dolor. Es el opuesto de la esperanza, ya que representa el rechazo inherente que sentimos hacia una experiencia negativa.
Sin embargo, la felicidad no puede ser comprendida como la satisfacción de mis necesidades de placer, por el contrario, se entenderá como la capacidad de encontrar , no sólo un equilibrio, sino el saber aceptar el dolor y el controlar nuestra necesidad de satisfacción de placer.
Sin embargo, el mundo actual ha desequilibrado todo de manera de entramparnos entre una paranoia, donde se debe rehuir del dolor y un satisfaccionismo básico, es decir, una forma de crear la necesidad por satisfacer sin importar el cómo y el cuándo.
¿Cómo parar? Enfrentando uno a uno nuestros miedos y vivir de forma cognitiva su verdadera importancia, la cual al ser despojada del velo del miedo muestra su débil y frágil realidad.
Entonces en un espiral concéntrico debemos comenzar a enfrentar nuestros demonios, quiénes alimentados por nuestras frustraciones parecen ser más grandes que una torre, la cual se derrumba por el más mínimo enfrentamiento; cómo cada uno de los naipes con que se sostiene, al comienzo costará, el centro parecerá extrañamente cerca aunque infinitamente lejos.
Sin embargo a medida que el camino avanza veremos como el centro se expande y se nos acerca y cuando finalmente lleguemos ahí, ya nada nos quedará a la vista, más que nosotros mismos. Si el camino fue recorrido con perseverancia y atento, entonces nada más necesitaremos.
De no ser así, aquel lugar que obviamos volverá a desarrollar un nuevo espiral más grande, complejo y profundo, mientras no eludamos al dolor volveremos una y mil veces a levantarnos al inicio de un nuevo espiral, a la espera de ser derrotado.
Acaso no despertamos todos los días al borde del camino, sabiendo que quien fuimos ayer ya no existe y sin poder esperar a mirar hacia el futuro. Acaso no es a esto a lo que se refieren los hindúes al hablar de samsara, reencarnación, karma y dharma. ¿Acaso no es esta la puerta por donde no pasarán los camellos? ¿acaso no es este el camino por el que caminarán los 4400?
Enero, 25 de 2008.-
