martes, 15 de diciembre de 2009

Sobre el Miedo y el Dolor

Porque somos incapaces de soportar dolor, entonces creamos el miedo.


Vivimos en una cultura donde el dolor es suprimido, negado y rechazado de manera constante, incluso nuestro paradigma moral (y por ende legal) se basa en la penalización del dolor y la aprobación e incentivo del placer (entendido en su amplio espectro).


Quien abraza el dolor no sólo es catalogado como un rebelde o contracultura, sino que, es visto como alguien que busca la destrucción, sin embargo, debemos entender que el dolor crea en su negación al miedo.


El miedo es aquella ansiedad por no experenciar un cuadro de dolor. Es el opuesto de la esperanza, ya que representa el rechazo inherente que sentimos hacia una experiencia negativa.


Sin embargo, la felicidad no puede ser comprendida como la satisfacción de mis necesidades de placer, por el contrario, se entenderá como la capacidad de encontrar , no sólo un equilibrio, sino el saber aceptar el dolor y el controlar nuestra necesidad de satisfacción de placer.


Sin embargo, el mundo actual ha desequilibrado todo de manera de entramparnos entre una paranoia, donde se debe rehuir del dolor y un satisfaccionismo básico, es decir, una forma de crear la necesidad por satisfacer sin importar el cómo y el cuándo.


¿Cómo parar? Enfrentando uno a uno nuestros miedos y vivir de forma cognitiva su verdadera importancia, la cual al ser despojada del velo del miedo muestra su débil y frágil realidad.


Entonces en un espiral concéntrico debemos comenzar a enfrentar nuestros demonios, quiénes alimentados por nuestras frustraciones parecen ser más grandes que una torre, la cual se derrumba por el más mínimo enfrentamiento; cómo cada uno de los naipes con que se sostiene, al comienzo costará, el centro parecerá extrañamente cerca aunque infinitamente lejos.


Sin embargo a medida que el camino avanza veremos como el centro se expande y se nos acerca y cuando finalmente lleguemos ahí, ya nada nos quedará a la vista, más que nosotros mismos. Si el camino fue recorrido con perseverancia y atento, entonces nada más necesitaremos.


De no ser así, aquel lugar que obviamos volverá a desarrollar un nuevo espiral más grande, complejo y profundo, mientras no eludamos al dolor volveremos una y mil veces a levantarnos al inicio de un nuevo espiral, a la espera de ser derrotado.


Acaso no despertamos todos los días al borde del camino, sabiendo que quien fuimos ayer ya no existe y sin poder esperar a mirar hacia el futuro. Acaso no es a esto a lo que se refieren los hindúes al hablar de samsara, reencarnación, karma y dharma. ¿Acaso no es esta la puerta por donde no pasarán los camellos? ¿acaso no es este el camino por el que caminarán los 4400?

Enero, 25 de 2008.-

domingo, 13 de diciembre de 2009

Sobre el Teatro

El teatro es acción, ya sea por la palabra (la palabra accionada) o por el cuerpo (desplazamiento, interpretación).


Si bien posee un complemento visual muy importante, este siempre quedará supeditado al accionar de la obra, es decir; no posee un protagonismo propio como en el caso del cine. Cuando hablamos de acción se debe aclarar que esto no implica movimiento, el solo acto de enunciar un texto o el posicionar el cuerpo sobre el escenario bastaría para crear la acción necesaria para la escena.


Esto siempre y cuando sea contenido en una estructura dramática, dada por la tensión existente entre la acción y la inacción. Sin embargo, el público de teatro suele ser un público extremadamente pasivo. ¿cómo puede ser , cómo se puede generar esta dicotomía? Creo que la respuesta radica en el accionar temporal del teatro. El teatro es un accionar vivo y en vivo, irrepetible y susceptible de fallas y equívocos, pero además existe una cualidad que los separa de otras artes escénicas como la danza.


El teatro comparte el mismo espacio tiempo del espectador y por mucho que intente posee un bajo grado de abstracción, debido a sus inicios narrativos. Es así como una obra no crea con la misma eficiencia del cine, saltos temporales, incluso la desestructurización pasa por un reordenamiento de las acciones, de manera de evitarla linealidad temporal. Pero, ¿por qué al cine le resulta la elipsis temporal y al teatro no? por un problema de distanciamiento lingüístico.


El cine es una narración visual que crea un código propio debido a la denotación de la existencia de una cámara. La danza posee un distanciamiento debido a que las estructuras en que se basa no cuentan, necesariamente, con un símil real. El teatro en cambio no cuenta con ese alejamiento, las acciones presentadas, las narraciones interpretadas no permiten escapar con la similitud lingüística del día a día del espectador, por esto e que el espectador puede descansar en la seguridad de un “visionado”, donde su percepción simbólica no es requerida.


Concientes de esto el teatro contemporáneo ha intentado complejizar su lenguaje, ya sea asociándose a estructuras de la danza o utilizando herramientas lingüísticas propias del cine o video. Otra opción ha sido una suerte de rescate antropológico, donde se pretende recabar el carácter sagrado de la experiencia teatral, alejándose de su carácter literario y entrando en un carácter de oralidad, donde la acción debe ser completada en comunión con el espectador. Todas estas instancias son válidas en la medida de no caer en la forma, dejando la experiencia expresiva reducida a un mero revival.


De su carácter sagrado se puede y debe dudar, ya que se le asigna el origen sagrado de lo interpretativo, quine en realidad se acerca más a este carácter son las danzas, quienes poseen la capacidad simbólica y comunitaria psicotrópica que el teatro tanto demanda como propio. Las danzas tribales entonces son el origen de lo interpretativo y el teatro sólo un constructo posterior de estas, el cual debe ser acompañado por una complejización del lenguaje en que se desenvuelve.


El teatro es en sí, en su origen, una traducción directa, simple y de carácter gráfico de aquellos elementos fundacionales de las civilizaciones, nace cuando el sentido comunitario ancestral es reemplazado por la comunidad pública, en donde se nos debe rememorar nuestros principios y bases ideológicas que nos constituyen como tales. La visión el teatro como un acto sagrado, hace de su vinculación con las religiones, como formas de adoctrinamiento masivo, así como, en algún momento el arte gráfico fue utilizado como expresión del poder político. No es hasta los años 60 como clímax intelectual del siglo XX y como respuesta a el debacle de las religiones que comienza a aparecer un interés por reformular el teatro como un arte superior, alejado del concepto de entretención e imponiendo una mirada positivista, en algunos casos de carácter apocalíptico, donde el mundo de la post-guerra está destinado a la destrucción o como un carácter antropológico, donde la mirada retrocede hacia los inicios del hombre, comprendiendo esta como una era de equilibrio con el mundo.


Prácticamente el 100% del teatro no “divertido” o “entretenido” oscila entre estos dos dogmas. Así como prácticamente el 100% de las expresiones artísticas actuales. Sin embargo, existe otro elemento que ha transformado y trastornado a las artes, el discurso estético como componente de creación.

Febrero, 3 de 2008.-

viernes, 11 de diciembre de 2009

Conductas Aprehendidas

El ser humano posee una cualidad a nivel conductual que los animales parecen carecer. Somos capaces de generar nuestros propios patrones de conducta.


Claramente todo ser vivo posee diferentes patrones de conductas y de distinto grado de complejidad. Sin embargo, la mayoría de estos basan la construcción de una estructura conductual, en base a la respuesta sobre los estímulos del medio en que se desenvuelven.

Es así, como las conductas se generan por imitación, rechazo, empatía, asociatividad, adaptabilidad, etc. Sin embargo, estas estructuras son estructuras de carácter concreto, es decir, a un estímulo A un cuerpo B reacciona de manera C, de modo que en la medida que se presente el estímulo A, B siempre utilizará C como reacción, salvo que la experiencia C haya dado un resultado negativo para B. De esta manera B analizará los pro y contra de la respuesta C y creará una nueva respuesta D.

Esto que parece tan simple, al ser extrapolado a las conductas humanas y sobretodo a las conductas sociales o culturales, esta ecuación se complejizará, no porque se altere la fórmula, sino porque la fuente del estímulo es de carácter simbólico o abstracto, ya sea que hablemos como individuo o como sociedad.

¿Por qué sucede esto? Porque a nuestras conductas las sustentan supuestos, concepciones generales que avocan a un bien común donde se entrega la sensación de una conciencia general y omnipresente que regirá (en ciertos ámbitos) por sobre el bien personal (esta falacia es uno de los pilares fundamentales de nuestra realidad) como contraposición entre el bien personal reprimido en pos de el bien público nacen muchas enfermedades mentales donde el sujeto suele encontrarse disociado de la realidad. La disociación genera ansiedad, la que genera angustia – depresión – esquizofrenia – patologías y psicopatías varias. Entonces, si las conductas son estructuras nacidas desde nuestra percepción, por ende, estas son de carácter subjetivo, no intrínsicamente individual, puesto que la subjetividad puede ser dada en grupos que poseen una comprensión del mundo similar.

Así, los paradigmas en los que nos desenvolvemos son constructos, así como las conductas que estos generan. Entonces, ¿es posible generar un cambio desde el constructo social a nivel de la conducta?

O mejor aún, si pudiésemos modificar nuestra conducta a voluntad, ¿es posible desde la conducta modificar los constructos en que se generan?

Claramente existimos personas que muchas veces no sabemos entrar en ciertas estructuras, no por desconocimiento, sino porque nuestra mirada subjetiva a nivel de percepción es diferente al de los demás.

Generalmente todos poseen una mal llamada “disfunción” de conducta, ya que no existe un ente particular que sea cien por ciento reflejo de la percepción general, así, quien se desenvuelve a la perfección en ciertas o bajo ciertas estructuras cojeará en otras. En el fondo uno no puede estar seguro de todo, tampoco se puede estar seguro de nada y es en esa fangosa seguridad donde nuestras inseguridades se encargan de enfrentarnos.

Se podría afirmar que nuestro ser conductual está generado por la suma de nuestras inseguridades, o por la forma en que nos relacionamos con estas.

Al observar con detención la conducta de una persona ¿qué es lo que vemos? ¿lo que es , lo que no es? Si las conductas se moldean de acuerdo a las circunstancias, entonces como esperamos el saber o conocer del otro, si este puede sólo mostrarnos aquella máscara utilizada para determinadas circunstancias. Así el empleado más débil es el esposo que violento en su familia, o el jefe más duro es el más faldero.

Un día tiene 24 horas, generalmente se duermen 8, se trabajan 8 más y entre traslados y rutinas se utilizan al menos 4 de las 8 restantes. Si lográsemos en las 4 que quedan abstraernos de nuestros sentidos, entonces, sólo seríamos nosotros mismos unas 4 horas diarias, para aquellos que asumen roles que les permitan encajar, la frustración consigo mismos debe ser insoportable.

Las malas conductas aparecen como pequeñas válvulas que liberan la frustración en bajas dosis, sin embargo, si el sujeto no encuentra una vía de escape o evacuación, entonces su conducta se radicalizará, se desvinculará del entorno y sus percepciones lo llevarán a una acción radical, por lo general de carácter destructivo, ya sea hacia él (auto-devaluación) o hacia el entorno (proyección).

Esto explica acciones como el suicidio o la sociopatía, como casos más extremos (y terminales) de ambas tendencias. Existe una tercera instancia, el retiro, ya sea físico (ermitaños) espiritual (monjes) o mental (locos). Cualquiera de estas 3 formas de retiro son logradas a través de la represión de algunas percepciones y la exaltación de otras. El arte vendría a ser una cuarta instancia en dónde gracias a una extrema permeabilidad perceptual se decide constituir como un todo singular y encontramos en la expresión de nuestra particularidad una necesidad de conexión tan poderosa y sincera que nos mantiene una y otra vez al margen del mundo.

Todos deseamos expresarnos libremente pero sólo algunos nos arrojamos el derecho de hacerlo a nombre propio y a nombre de los demás.

Es así como toda persona, incluyendo artistas, debemos buscar un equilibrio entre el amor a nuestras percepciones como el permanecer conectado a la percepción masiva. De otra forma nos transformaremos en orates o en ladrillos.

Enero, 21 de 2008.-

Sobre las Discusiones

He comprobado empíricamente que el mundo de las discusiones se sostienen sólo en el mundo teórico.

En cuanto dichas tribulaciones son llevadas al espacio de las experiencias personales, todo discurso se detiene y como todo lo real cae en un bache donde las ideas ya no encuentran un canal por donde estas encuentran la fluidez y la seguridad del pensamiento abstracto. Entonces ¿cómo utilizar semejante hallazgo? ¿cómo evitar que las ideas se empalaguen y fluyan con la rapidez con que se toma una cuerda para arrastrar una roca?

Gracias al Discurso.

El discurso, es la capacidad y la herramienta o estructura con que podremos dar forma a una cierta cantidad de ideas y conceptos. No me refiero al discurso retórico-político-periodístico, al que estamos acostumbrados a ver hasta el cansancio. Me refiero simplemente al aunar ciertos conceptos de manera de que nuestra idea quede explicada de mejor manera.

El discurso entonces, se transforma en la vasija que sustenta y da forma a nuestras ideas, jamás se deberá confundir con la idea misma, la cual posee un carácter mutable, transformable y evolutivo, que encontrará, según el desarrollo de su cauce natural, diferentes vasijas, las cuáles variarán a lo largo de la historia del individuo.

Revisemos:

· La idea es de naturaleza abstracta y atemporal, es decir, es mutable–evolutiva y no se puede expresar de forma cuantitativa, con respecto de la temporalidad del pensador.

· El discurso es el continente, una estructura que permite por un momento mirar o visualizar una idea, sin embargo, es incapaz de dar cuenta del total de esta; el discurso sólo permite observar dicha idea en un espacio-tiempo determinado, fuera de esto el discurso poco importa, su capacidad estará dada por la mayor o menor capacidad de dar cuenta de la idea.

Ahora bien, una vez realizado el ejercicio discursivo, es decir, que hemos podido acotar a una serie de conceptos y estructuras nuestra idea, esta debe ser rápidamente llevada al plano de realidad personal, devolviéndole su carácter temporal, propio de la experiencia del ejecutor del discurso, de esta manera obviamos muchas barreras cognitivas propias de nuestra mente al situarse en una “confrontación de ideas” para pasar a una situación de “compartir experiencias”.

El compartir experiencias no es confrontacional, por el contrario, es un acto netamente empático e irrefutable, nadie puede negar la experiencia del otro, independientemente de que compartas o no las ideas o ideologías atrás de ellas.

La empatía mueve al mundo, para bien o para mal, quien logre transformar su experiencia personal en un sentir experiencial general, entonces generará un nuevo paradigma. Ejemplos de esto hay muchos, los místicos, los profetas, algunos movimientos políticos, incluso se han desarrollado gracias a generar una empatía colectiva, aunque el resultado de esta generalmente no tiene un carácter benigno como el nazismo. Este ejemplo desmitifica la rápida asociatividad entre empatía y felicidad o buena noticia o bondad.

Diciembre 21 de 2007.-